
La ballena se sentía sola y se lo llevó un día comprobando que los padres de ese niño melancólico que miraba la mar no estaban cerca.
La ballena, que no tenía nombre, ni lo necesitaba lo llevo a los bancos de peces y a los fondos de corales. Lo llevo al fin del mundo marino, allí donde empezaba la tierra de los hombres y le hizo feliz.
Y Teodoro nunca hablaba, porque los niños como Teodoro no necesitaban decir nada.
El niño aprendió sobre agua salada todo lo que de agua salada se puede saber. Pero un día, sin previo aviso, abrió la boca, y de ella salió una bocanada de oxígeno que lo lleno todo. Y entonces la ballena comprendió que Teodoro ya no era un niño.
Lo dejó en cerca de Livorno. Regurgitó con delicadeza y lo despidió con un coletazo marino, como en las películas.
Teodoro caminó sin entenderlo del todo. Aprendió las lenguas de todos los hombres y a amar a todas las mujeres. Conoció nuevos usos para la sal y para el agua. Entendió que la piel no siempre debe estar arrugada. Y de pronto un día, mientras paseaba por la orilla del mar lo comprendió todo.
Y sumiso por el canto de una sirena lejana se sumergió en el mar.